lunes, 26 de enero de 2009




La apasionante historia de doña Feliciana Torres y Santos Ávila

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A mediados del siglo XIX ella lo abandonó por un tropero hasta recluirse en una colonia abandonada del Chubut. Poco después volvió a Patagones y se abrió un verdadero juicio popular donde su historia de amor y pasión fue discutida en el Concejo Deliberante. Se pensó en llevar su caso a juicio pero un inconveniente no menor hizo que todo volviese al principio.

*Por Rolando Arrizabalaga





El muelle a donde llegó Feliciana Torres, proveniente de las colonias abandonadas del Chubut.


“No me abandonará más, estoy seguro”, le dijo don Santos Avila al Juez de Paz maragato aquella tarde de 1855, y cerró una herida abierta en lo más profundo de su corazón hacía unos cuantos meses cuando su mujer, Feliciana Torres, lo abandonó cambiándolo por un tropero (1) a quien eligió como su hombre para irse a una de las colonias abandonadas del Chubut.

¿Y porque estaría tan seguro Avila de que su mujer, alguien que no era bien vista por la sociedad de entonces, se quedaría a su lado si en definitiva no era la primera vez que lo había abandonado?: don Santos lo sabía y estaba convencido como que después de la noche viene el día, pero guardó silencio y ante la mirada interrogante del Juez apenas murmuró: “La mujer del negro La Patria me ha dado un guindado con gancho que ata al que lo bebe”.

Fugitiva por la pasión

Doña Feliciana Torres era una mujer excepcional para la época y Carmen de Patagones, entendiendo por excepcional todo aquello que resalta por características propias.

Se la describe como una mujer resuelta y decidida, de ademanes marcados y una forma de mirar que hoy podría definirse como profunda pero que para una sociedad alienada en el olvido del desierto y con costumbres de la época bien podría tomarse como casi pecaminosa.

Feliciana estaba casada con don Santos Avila, vecino del Carmen, y no tenían hijos. Las escasas crónicas de la época la describen como “una hermosa mujer como de treinta años, bien plantada, opulenta de formas, morena de cutis, negros ojos rasgados y abundante cabellera de ébano”. (2)

Pero además de su aspecto físico, sin dudas destacable, la mujer no tenía muy buena fama y se la definía como una mujer “disoluta, pervertida, enemiga del hogar y amiga de juergas”. (3)

Hasta que un buen día decidió darle rienda suelta a la pasión y abandonó a su marido tras los pasos de Solano Alderete y Bonifacio Torres, ambos troperos de oficio que emprendían un viaje por tierra a las colonias abandonadas del Chubut. (4)

Hacía allí fue doña Feliciana importándole muy poco “el que dirán” de una sociedad con mucha facilidad para señalar, no muy diferente a la actual, y dispuesta a pasarla bien en compañía de sus amigos.

El regreso de doña Feliciana Torres ocurrió a los pocos meses pero desató un verdadero escándalo social en Patagones. Llegó una mañana de otoño a bordo de la goleta “Exploradora” que en viaje a Buenos Aires hacia escala en el puerto de Carmen de Patagones.

Y así, un 28 de abril de 1855, doña Feliciana volvió a pisar Carmen de Patagones sin saber que una sociedad entera la esperaba para juzgar su actitud.


El regreso… y una situación a resolver

Si en su regreso Feliciana esperaba tener la oportunidad de saldar una deuda con su marido Santos Ávila por haberlo dejado se equivocó: su primer destino apenas pisó el suelo maragato fue un calabozo en el Fuerte del Carmen por decisión del Concejo Deliberante. Un acta del archivo de ese cuerpo lo deja bien claro: “La presencia de tal mujer en el pueblo iba a escandalizar la sociedad de Patagones como era natural en un pueblo pequeño, que convenía proceder a su arresto y levantarle una información sumaria para que fuese trasladada a Buenos Aires, junto con sus cómplices, en el primer buque, a disposición del Juez del Crimen”.

Así, sin vueltas, escalas intermedias ni matices, un simple caso conyugal sería juzgado como un acto criminal, y sin más cuestiones de por medio el Juez de Faltas comen zó a reunir la información sumaria que, una vez concluida , sería enviada junto con doña Feliciana bien lejos de Patagones.

Pero en esa recopilación de información de ambas partes y de testigos, surgió una complicación con nombre y apellido: Solano Alderete.


¿Quién era Solano Alderete?

En su primera charla con los miembros de la Comisión municipal el Juez de Paz fue claro: era necesario aplicar un castigo ejemplar a esta gente, que era considerada inmoral y generaba el escándalo. Coincidió también en que era necesario arrestarlos y pasar los detenidos y la ca usa bien lejos: al Juez del Crimen de Dolores, aunque ningún capitán de ningún barco accedía a llevarselos sin la debida custodia. Pero además el Juez no obvió un dato: había que arrestar a Feliciana Torres, Bonifacio Torres… y a Solano Alderete.

Escuchar este nombre y mencionar la posibilidad de que fuese recluido inundó de palidez la cara de los integrantes de la Comisión municipal sencillamente porque Alderete era quién tenía el contrato para abastecer de carne a la población.

Sacar a Alderete de Carmen de Patagones significaba, literalmente, desabastecerlo de esa materia prima aunque la Comisión no dio marcha atrás y se decidió ofrecer en licitación pública el contrato de abasto de carne.

Pasaron los días y nadie se presentó al juzgado con interés para suscribir el contrato y fue necesaria una nueva reunión entre el Juez de Paz y los miembros de la Comisión. Allí don Ignacio León, miembro del Consejo Municipal, explicó que después de rogarle, un tal Eusebio García aceptaría abastecer al pueblo de carne pero “a diez pesos la arroba”, dos pesos más que el precio de Solano Alderete y con esto nació una nueva contradicción: ¿mantener la moral y las buenas costumbres por sobre todo y comer verduras y pescados, o cede

r terreno y buscar una salida alternativa, conviviendo con pecaminosos pero con el churrasco asegurado?.

Luego de un arduo debate, Ignacio León, nuevamente, dijo las palabras que muchos pensaban pero que seguramente pocos se atrevían a decir en voz alta: “¿Puede quedar este asunto en Patagones?, y así abrió el camino para salir de un atolladero en el que solos se habian metido.

El Juez de Paz hizo lo necesario disminuyendo la gravedad de la “falta” cometida por Feliciana, Bonifacio y Solano y la pena se consideró purgada con los días que los tres habían pasado en el húmedo calabozo del fuerte.

Así Solano Alderete no iría preso, a Patagones no le faltaría la carne y doña Feliciana Torres podría buscar el perdón de Santos Avila, su marido.

Antes de liberarla, el Juez de Paz llamó a don Santos para notificarle que su mujer sería puesta en libertad pero que sería ubicada en una casa de familia de respeto, para corregirla y que no escandalice más.

La respuesta de Avila fue un gesto de disgusto y ante la pregunta del Juez sobre si quería que cayese sobre la cabeza de la pecadora otro castigo el hombre respondió: “Yo creía que podía vivir conmigo”, y después de una pausa agregó: “No me abandonará más, estoy seguro. La mujer del negro La Patria, me ha dado un “guindado con gancho” que ata al que lo bebe”.




La torre del Fuerte del Carmen, en cuyos calabozos estuvo detenida doña Feliciana Torres.



Final con guindado


Según las crónicas, Solano Alderete pagó sus deudas con la sociedad y continuó abasteciendo de carne al pueblo. En junio del mismo año, Alderete fue el encargado de oficiar de “chasque” (5) y llevó información sobre la invasión de Yanquetruz a Mitre, por entonces Ministro de Guerra de la Nación con una recomendación del propio Julían Murga, comandante del Fuerte Militar de Patagones. Estas notas de información llevadas a Buenos Aires por Solano Alderete están hoy en el Archivo General de la Nación y al pié de las mismas, hay una nota manuscrita del propio Mitre quién destaca el aprecio del Gobierno nacional por su servicio prestado.

Doña Feliciana Torres vivió muchos años más y hasta el final de sus vidas con dos Santos Avila, sin abandonarlo jamás.

La leyenda del guindado con gancho sigue circulando aún hoy en Carmen de Patagones y refiere a un embrujo que las negras maragatas hacían en el licor. Una vez “engualichado” el guindado era ofrecido a quién se deseaba retener y según se cuenta ha dado resultado en la mayoría de los casos.

Este cronista ha probado el tradicional guindado maragato en más de una vez y, vale decirlo, sin miedo a que tuviese el famoso “gancho” porque Patagones, con sus pro y sus contras, es un lugar para volver y quedarse.

Como lo hizo doña Feliciana.


(1). Resero: oficio de los gauchos que consistía en trasladar arreos de animales de un lugar a otro, recorriendo grandes distancias.

(2) y (3). Eduardo Sanchez Ceschi, Crónica histórica de Carmen de Patagones, Editorial TOR, Buenos Aires, Argentina.

(4). A finales del siglo XVIII los reyes Borbones pensaron que para tener soberanía sobre el territorio patagónico, debían tener una ocupación efectiva del lugar y fundaron cuatro colonias en la zona del Chubut.

(5). Chasque: correo humano que recorría grandes distancias para llevar información.