viernes, 26 de junio de 2009


Una mirada a través del tiempo

El oficio de domador: coraje, astucia y paciencia criolla

En este devenir de los oficios, muchos de ellas han ido prácticamente despareciendo. En esta nota te mostramos uno de esos oficios, la doma de caballos, y un pedacito de la vida de Manuel Gregorio Torres, maragato y de oficio domador.



///// Por Marcos Saldaña /////

Manuel Gregorio Torres nació en 1943, en Maquinchao, provincia de Río Negro, y a pesar de que ya no esté físicamente, dejó marcado un paso por el oficio de domar, con vocación, con el alma, con técnicas antiguas y criollas. Con una mirada puesta en el recuerdo y con la nostalgia llena de júbilo, Jaime, hijo de Manuel, nos contó el tan apreciado oficio de su padre, los desafíos y el placer de amansar a un animal, aunque, además del amanse, Torres hacía otras tareas como capar, descornar, y muchas otras actividades que sólo se conocen en el campo.

“Mi viejo –cuenta Jaime- lo que hacía era amansar caballos, lo que ahora se perdió mucho. Ahora se amansa de una forma muy moderna y muchos métodos que se están utilizando son extranjeros, ya sean americanos (estadounidenses) o europeos, como las piletas de agua, o el jácamo que es un sistema de freno que pasa por arriba de las narices, pero ahí ya se esta ejerciendo violencia. Antes muchos domadores amansaban con el rigor, con violencia, pero mi viejo lo hacía con paciencia”.

Sin dudas la difícil tarea de amansar un animal salvaje no es para cualquiera: “Hoy, en un par de días, ya te están amansando un animal y en esa época, que no hace mucho, mi viejo tardaba aproximadamente seis meses para amansar un caballo para que lo pudiera montar no sólo el domador sino cualquiera que se suba en él”, detalla Jaime.

Además, según él, que recibió la herencia del oficio de su padre, “esto se trata de que el caballo confíe en la otra persona, no sólo en quien lo amansa. Ese es el punto clave; entregar un caballo bien manso, donde se pueda subir cualquiera, porque al principio el caballo se acostumbra al domador, quien es el que le habla todos los días, lo trata, lo lleva y lo trae”.

El viejo Torres nació en el campo y viene de una familia campera. Donde nació, cuenta su hijo, era una zona donde todas las tareas se hacían a caballo. Es decir que toda su vida tuvo que amansar caballos para poder tener transporte.

Torres agarraba un caballo totalmente chúcaro o bagual (arisco), y si lo iba a palenquear, primero lo enlazaba, y una vez que el caballo estaba en tierra le ponía el bozal para poder tener de donde agarrarlo, y lo llevaba al palenque lo que significa hacer una tarea muy ruda.

En este despellejo de los secretos del oficio del domador, Jaime nos contó que luego de la palenqueada se le “quebraba la boca” al animal: “Esto consiste en ponerle bocado, con dos sogas sobre el lomo (riendas) y otra enganchada sobre la argolla del bozal (cabresto). El caballo tiene que estar en el piso, entonces se ejerce una fuerza paralela entre la rienda y el cabresto (soga que se engancha al bozal), y el animal hace fuerza hasta que afloja. Eso es un paso para que el caballo de rienda, frene, camine y doble una vez manso”.

Casi con detalles pormenorizados en sus gestos, Jaime explicó que luego de ese proceso su padre hacía lo que él llamaba la “descosquillada” o “sogueada” que consiste en sacarle todas las cosquillas al caballo: “Cuando se le pasa la mano a un bagual por la panza, por el lomo o por las patas, tiene cosquillas, y va a tratar de que no lo toques, y toda esa sensación se la sacas con la sogueada. Es todo un proceso que al viejo le llevaba entre dos o tres meses, hasta que le ponía el recado”.

Lo cierto es que cuando uno ve a un caballo, no se imagina todo el trabajo que hay detrás para que este sea manso y se pueda utilizar como medio de transporte.

“Si tiene costumbre de tirar patadas hay que sacársela, y que no reaccione contra la persona que lo quiere amansar y menos con su dueño”, explica Jaime.

Posteriormente a la sogueada, se empezaba con el recado, que es ir de a poco poniéndole “los aperos, los trapos” (el recado o montura) para que el animal se vaya acostumbrando a que tenga algo arriba del lomo, evitando que se tire al piso, pateé, o que se ponga arisco.

“El tema del domador no era nada sencillo, y nunca estuvo bien pago; siempre el estanciero pagó mal al domador”, dice Jaime y agrega que “un domador tiene la habilidad de domar un caballo, la virtud de montarlo y sobre todo el don de que un animal salvaje pase a ser una animal manso”.