miércoles, 2 de abril de 2008

Testigos del encierro Por Alejandro Azaroff

Mónica y Maricel, docentes de la aicaidia.

La experiencia de educar en un mundo apartado del sistema



La vocación de ser docente se manifiesta por la voluntad de querer ayudar a los demás y por la personalidad y el trato que hay que tener con los alumnos. En la provincia de Río Negro, esa vocación se vuelve un desafío constante ya que deben luchar con los salarios mínimos que les ofrece el gobierno, con las falencias edilicias que se presentan en cada establecimiento y con las constantes irregularidades que se generan desde el Ministerio de Educación provincial.
Ese desafío se multiplica si el docente se decide a brindar clases en una cárcel, porque debe firmar un documento que asegura que cobrará la mitad del sueldo que sus colegas cobran en cualquier escuela pública. El hecho de ejercer la docencia en el penal provincial es entrar en un mundo nuevo, con diferentes códigos y costumbres, con historias duras, complejas, tristes, pero reales y son el principal motivo por el cual hay gente encerrada.
Mónica Pamer y Maricel Barrientos, docentes que aceptaron el desafío de ayudar a quienes se encuentran cumpliendo una condena, explicaron a Huilliches que en un principio lo tomaron como una experiencia más, pero después les encantó la idea de brindarles una mano a quienes más lo necesitan, nos contaron sus experiencias, logros, falencias, anécdotas y las problemáticas que se generan día a día. Las primeras clases realizadas en un sistema de cárceles en Viedma datan del año 2004 y se hicieron en la Alcaidía, donde se alojan los procesados, porque el Penal de la provincia estaba en construcción.
Una vez concluido el nuevo edificio, las prácticas fueron alternadas entre ambas instituciones y después siguieron ejerciendo en el Penal provincial, cinco clases semanales de dos horas de duración.

El primer día

Las rutinas de las docentes es similar en cada día de clase: cruzan un largo pasillo para llegar al sector donde las requisan, les retiran todas las pertenencias que no consideran útiles para la clase y las dirigen a un pasillo donde se encuentran las celdas. La reja es cerrada con llave y deben dirigirse al aula que se encuentra al fondo del pasillo; lo hacen a través de un piso metalizado con pequeños orificios, cruzan cada celda con sus internos y se escuchan algunos gritos desesperados.
A partir de aquí les cambia todo el entorno: el aula es una celda, la puerta una reja, en invierno el frio encrudece y en verano el calor agobia, no tienen mucha ventilación y las condiciones son limitadas. Tienen una matricula que se vuelve inestable por depender de las instancias judiciales, que les permite a los internos salidas transitorias y acercamiento familiar que dura un mes. Muchos de sus alumnos son de la zona del Valle y Andina
La primera sensación de las docentes fue pensar qué es lo que hacían en ese lugar, por qué estaban ahí, pero todo fue producto de la adrenalina y de la primera impresión. Llegó lo más difícil, el estar frente a frente con los internos; debían imponerse y hacerse respetar, pero fue un obstáculo fácil de superar ya que los mismos reclusos valoran el esfuerzo y respetan el espacio que les brindan y sobre todo a ellas, sus docentes.
Maricel brinda clases en la Escuela 263 del Barrio Santa Clara en primer grado, por la tarde hace lo propio en el Penal y le pedimos que nos cuente cómo hace para encontrar un equilibrio entre los niños y los reclusos: “Hay que reinstalarse; hacer el corte a la mañana, tener la apertura necesaria para no quedarse con lo anterior y brindar la clase a la tarde, fue complicado en un principio, pero te acostumbras”, explicó.
Mónica hace 30 años que ejerce la docencia, su carrera la realizó en primaria común y en especial. Después de tener la primera experiencia de brindar clases a reclusos, cambió su titularidad al sistema de adultos y ejerce en el Penal de la Provincia de Río Negro. “A esta altura elijo lo que quiero, no todo pasa por el dinero y como experiencia es bárbara”, dijo la docente que permite pensar que hay posibilidades y solo hay que estar predispuestos al cambio.

Ambas docentes no tienen acceso a las causas judiciales, se relacionan personalmente con los reclusos y cuando se enteran de algún motivo por el cual están en la carcel, "es por el vínculo que se formó entre ellos", explicó Mónica. Maricel agregó “tenemos la premisa de que todos merecemos educación, ya que es un derecho y es la única forma de solucionar muchos problemas”, puntualizó.
Los docentes se deben adaptar al espacio físico y a las características de sus alumnos, lo que hace que se tengan que dividir por áreas. Maricel lo hace en matemáticas, Mónica en lengua y Liliana, una tercera compañera, que no estuvo en la entrevista, se encarga de sociales y naturales. Todas las materias que dictan las tres maestras corresponden al nivel primario adulto, ya que muchos son analfabetos.
Todos los internos que no hayan terminado el ciclo primario tienen el derecho de inscribirse, más allá de cualquier causa por la que estén cumpliendo la condena. En el momento de inscribirse y cuando comienzan a acceder a las clases, tienen ciertos requisitos como un sistema de puntajes que les permite sumar en buena conducta y les otorga salidas transitorias o trabajos fuera de la cárcel.
Tanto Mónica como Maricel comentaron que las historias que guarda la cárcel son increíbles, hay casos de personas que desde los 14 años tienen una marca definitiva en su vida y muchos de los condenados que tienen para muchos años están por un segundo de imprudencia, asesinatos por traiciones amorosas, robos para poder comer y muchas causas con una larga e increíble lista.
Las personas que hoy están en una cárcel en cierta forma son los apartados del sistema, no tienen como integrarse a una sociedad que tampoco hace mucho para que eso suceda.
Nacen libres, se crían en un entorno de delincuencia, muchos ni siquiera saben leer y escribir y terminan pagando el precio de la ignorancia, encerrados por mucho tiempo, perdiendo la identidad y pasando a ser un frío número más en las altas estadísticas de delincuencia del país.

Anécdotas


Cuando las docentes van a brindar las clases, para los internos entra "el afuera", la pequeña luz de esperanza que ellas les brindan. Por eso respetan mucho ese momento y a sus maestras, al punto que a Mónica le tocó estar dentro de la cárcel cuando se desarrollo un motín en otro sector y los mismos internos le decían: “Usted quédese tranquila, que no le va a pasar nada, con usted no es la cosa”, y así fue, Mónica salió como entró con una anécdota en su haber.
Otra de las situaciones de la que fue protagonista Mónica muestra la realidad en la que viven los reclusos. Contó la docente que en una de las clases pensó que había ingresado un gato a una de las celdas y se los comentó a los internos quienes le respondieron que en realidad era una rata de agua y despues tuvieron que convencerla que se baje de la ventana a la que se había subido.
Se acostumbraron a la cárcel, a los ruidos, a los olores y a sus historias; se instruyeron del código que nace y crece en ese ambiente. Se vinculan con quienes padecen la pena del encierro que tienen que aguantar como condena, soportaron situaciones limites y siguen asistiendo a brindarse para quienes más las necesitan: aquellos que están encerrados y las esperan día a día para renovar el aire de la esperanza y aferrarse a la educación, tal vez la única salida.