sábado, 13 de diciembre de 2008

Cuando ser viejo es una mala palabra

Por Lorena Suárez y María Eugenia Mauna

El rol de la tercera edad es cada vez menos importante para la sociedad capitalista e individualista, a nadie les importa que puedan ofrecer si eso no da un rédito económico o material. Ya no son personas productivas para la sociedad y sufren el abandono de sus propias familias.

“Yo soy un hombre bueno, lo que pasa es que me estoy viniendo viejo,
Para que tantos años de experiencia si justo ahora me doy cuenta que no tengo”

Pappo

Toda una vida, todo un camino recorrido, miles de historias con ganas de ser contadas y la esperanza de ser escuchadas.
Para muchos la vida tiene un principio y un final, principio en cuanto a los primeros años de vidas, las primeras palabras, los primeros pasos, pero lo que esta en duda es cuando comienza el final. Como si se tratara de una etapa decliné en donde es el tiempo en que las personas comienzan a estorbar, para luego, cuando llega el verdadero punto final, extrañemos y lloremos a los que ya no están.

Estamos hablando de la llamada “tercera edad”, la cual según libros, estudiosos y licenciados patentados; afirman que comienza a partir de los 65 años. Pero creemos que la tercera edad, marca mucho más que los años acumulados, más que el rejunte de etapas vividas, se trata de un rejunte de historias y vivencias que merecen ser explotadas al máximo.

Lamentablemente también se trata de una época en la vida de una persona en donde comienzan a experimentar con la sensación de estorbo, la cual no nace sola, dado que en las últimas décadas, las sociedades se han encargado de alimentar esa idea de etapa final, idea de estorbo.

La primera incógnita fue; por qué se da este abandono hacia las personas que no nos abandonaron cuando nacimos, aquellos que nos extendieron la mano para dar nuestros primeros pasos y fueron el sostén para que no caigamos al vacío. En definitiva, por qué abandonamos a quienes nos guiaron para ser quienes somos.

Antiguamente los ancianos tenían un rol social, el cual sabemos que en la “nueva era moderna” ya se ha perdido; eran quienes nos transmitían la cultura, eran formadores y no era ofensivo decirles “viejo” o “Don”.

Los ancianos eran escuchados, encabezaban la mesa, se los respetaba; en algunas sociedades antiguas, la vejez eran un don dado a los elegidos, a los sabios de la comunidad o a los patriarcas.
Pero a mediados del siglo XX, la sociedad progresivamente fue desplazando el lugar que tenía el anciano. Se les empezó a decir abuelos, y eso ocurrió porque se empezaron a quedar sin roles sociales. Luego con la globalización, el avance de las tecnologías y las nuevas formas de organización de las sociedades, estos, al no poder adaptarse, quedaron aislados, excluidos.


Cuando las familias están ausentes…

El CO.AM.A (Comisión Amigos de los Abuelos), es una de las pocas Instituciones que trabaja con los abuelos en nuestra comarca Viedma-Patagones. La institución funciona como un centro de día, que desde el 2000 asiste a los abuelos con almuerzo y merienda, pero además con actividades recreativas y contención. En un principio el lugar funcionaba en viviendas alquiladas, pero finalmente y con mucho sacrificio, en el 2004 pudieron inaugurar su propia sede.

Es una institución sin fines de lucro, constituida por una comisión que se encarga de conseguir los fondos para poder contener a abuelos y personas adultas con problemáticas, a quienes ofrecen un almuerzo, pero fundamentalmente un lugar donde pueden encontrarse y compartir con sus pares, ya que en la mayoría de los casos, son personas abandonadas por sus familias o carecen de ella.

Ponen todo su afecto en Mary, la encargada del lugar, quien con tan sólo un plan social y la fuerza que según ella “le da el de arriba”, desde hace más de ocho años, atiende a los abuelos como si cada uno de ellos fuera su padre o madre.

Los abuelos tienen en el salón, construido con el esfuerzo de la mencionada Comisión que lograron levantar con sacrificio en el barrio Villa Rita. Canchas de bocha y tejo y una huerta que ellos mismos cuidan y la clásica partidita de la escoba de quince, antes que la comida esté servida.
Muchas de las familias no se acuerdan de ellos, no escuchan sus historias y a una vida llena de sacrificios y trabajo duro, se le suma las carencias en la vejez, económicas y afectivas.

Cada uno de los integrantes de esta familia cumple un rol, que le permite ser importante y sentirse parte dentro de la institución; desde “Flores”, encargado de alisar las canchas y repartir las alpargatas para que ningún calzado pesado pise su obra de arte, hasta Alberto quien a pesar de rezongar por ser el único que se ocupa de la huerta, siente que cada fruto que de ahí nace es obra suya.


Una vida de agradecimiento y sacrificio

Mary, luego de trabajar toda la noche con otros abuelos, llega temprano al CO.AM.A para comenzar a cocinar para los 18 abuelos que diariamente van al comedor, por lo que sabe mucho de ellos y sus diferentes realidades y habla con nostalgia del abandono que hay hacia la tercera edad.

“No hay amor de familia, si no nos enseñan a querer a nuestros propios abuelos, a los de sangre, difícilmente podremos enseñar a querer a otros abuelos, todo nace desde la familia, sin amor al prójimo estamos perdidos, se está perdiendo el respeto”, reflexiona Mary mientras revuelve un guisito de lentejas.

Mary no es socióloga, ni psicóloga, pero le sobra la experiencia para hablar de los abuelos abandonados, los cuales no siempre tienen problemas económicos; en este sentido explicó que, “yo trabajo también en un geriátrico de noche y veo como las familias van solamente a pagar la cuota mensual, que no son capaces de ir a visitar a sus propios padres” y agregó “yo me pregunto, ¿ellos no piensan que van a llegar a esa edad?

Entonces, ¿qué le dan los abuelos a Mary? ¿Qué es lo que nos estamos perdiendo? ¿Por qué no les prestamos atención a aquellas personas que forman parte de nuestra historia? Ella tenía todas las respuestas a nuestras preguntas.

“Los abuelos me dan mucha satisfacción, yo voy a seguir hasta que no pueda más, la fuerza me la da el flaco (mirando para arriba, refiriéndose a Dios), yo no voy a ninguna Iglesia pero respeto y agradezco, siento que tengo que dar una mano y devolver todo lo que la vida me ha dado”, expresó Mary.

Surgen otras cuestiones, que seguramente daría para muchas notas más, cómo una mujer que desde hace ocho años cuenta sólo con un plan trabajar, ama tanto su trabajo, a los abuelos y además está agradecida. Será seguramente el nivel de prioridades que a menudo ponemos a nuestras vidas.

Toda una vida de historias

Según nos manifiesta Mary y nos permite saber nuestra propia experiencia, los abuelos son como los chicos, tienen sus mañas y rezongan pero tienen mucho cariño para dar y muchas historias que merecen ser escuchadas.

El abuelo Flores nos recibió con mate, no nos preguntó quienes éramos, pero de inmediato comenzó a contarnos su historia, con una gran necesidad de ser escuchado. Además fue un gran anfitrión, tras los mates nos llevó a recorrer las canchas que el mismo mantiene y nos invitó a jugar un partido de bocha, obviamente nos ganó.

Nos contó que tiene muchos problemas de salud, “cada vez que voy al hospital me enfrento a los médicos diciéndoles que el título nos es suficiente para darme una respuesta a mis problemas, nunca saben que tengo, siento que el único que me mantiene vivo es Dios y mis ganas de vivir”, nos contó.

Elisa, tímida, observa como otros tres comensales juegan a las cartas, y nos cuenta entre risas, cómo llegó al comedor. Explicó que llegó como acompañante de su hermano que estaba muy enfermo, tras el fallecimiento de éste, Elisa decidió continuar en el Centro, porque según dijo, se siente cómoda en ese lugar.

Alberto, se presentó solo, salimos al patio y desde un rincón nos dijo “hola, yo soy el encargado de la huerta”, inevitablemente nos acercarnos a charlar, fue entonces cuando entre rezongos nos contó que estuvo unos cuantos días fuera de Patagones y se encontró con sus plantas secas.
“Nadie regó la huerta, se lo pasan jugando a las bochas y la baraja”, rezongó “no se dan cuenta que esto es para todos”, lentamente se distendió y nos contó que hace poco que va al CO.AM.A, que tiene poca relación con los demás abuelos, porque todavía no se conocen mucho, dijo además que tiene algunos parientes en la localidad, pero vive solo.

Estas son unas pocas de las muchas historias que hay en la institución, que nos hicieron estremecer, sobre todo cuando a Mary se le quebraba la voz tratando de dar un por qué al abandono, a la pobreza, a la indiferencia de toda una sociedad que se preocupa cada vez más por el individualismo, pensando en el futuro, sin darse cuenta que esto también es parte del futuro, por esta etapa que vamos a vivir. Desde nuestro punto de vista, esperamos que en nuestro camino se crucen muchas Mary o cualquiera de las personas de la Comisión de Amigos del Abuelo, que se esfuerzan por ayudar sin esperar nada a cambio.

Mientras tanto, este fue para nosotros, el inicio de un camino que nos lleva a la reflexión y a la puesta en marcha de la recuperación de las raíces, no las que figuran en los libros de historia, de esos héroes nacionales, sino la de aquellos que desde el trabajo y el sacrificio también la escriben y que hoy no tiene a quien contarle.

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