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domingo, 9 de noviembre de 2008

Pichuquito, el duende de la ciudad: Tristeza alegre de bandoneón

Por Yanina Miranda







En algunos rincones de la ciudad de Viedma se puede escuchar la melancolía de un dulce bandoneón que viste a la urbe de un hermoso tango, de la mano de aquel personaje que transita por las calles, silencioso y en compañía de su soledad tan preciada.

Desde esta nota lo que se intenta hacer es conocer un personaje de nuestra comarca, un bohemio con todas las letras que incita a que varios artistas de la zona quieran tener contacto con él desde una pintura, una poesía o una canción, todas ellas reflejando su alma de bandoneón.


La primera vez que me acerque para hablar con él, una de las cosas que le pregunté fue cómo era su vida, desde que se levantaba hasta que se acostaba, y en una breve respuesta, que significó más que cien palabras, sólo respondió: "caminando".Y así se lo puede ver por las calles, caminando, siempre caminando, de un lado a otro con su bandoneón, vestido con su saco gris haciendo juego con su sombrero de estación otoñal. Acompañado de su bolso en donde guarda ropa, un equipo de mate, algunas galletitas y sus recuerdos más preciados. Siempre esta preparado, porque en realidad no sabe donde pueda pasar la noche y entonces viaja por la ciudad con las cosas que necesita, sin importar el destino, ya que siempre estará en compañía de su amor más preciado, la música.


Observándolo tocar me animé a interrumpirlo y le dije lo que en ese momento sentía; le comente lo que representaba para mí verlo tocar: que irradiaba soledad, una soledad llena de colores y paz. El me contestó con su risa callejera: "Por eso vivo, por mi soledad y mi música".
Alberto José Scorolli, más conocido como Pichuquito, apodo que le designaron desde muy pequeño por el famoso bandoneonísta Aníbal "Pichuco" Troilo, es el personaje que quiero reflejar, en estas pocas líneas.


Nacido en Mar Del Plata el 25 de mayo de 1942 con la música ya incorporada en sus venas; de una familia donde la mayoría eran artistas empezando por su padre guitarrista, su madre pianista y hasta llegar a su tío, Antonio Scorolli, quien fue su profesor durante sus primeros pasos con el bandoneón.


Esos pasos fueron creciendo en Bahía Blanca, al igual que el tanguero Aníbal Troilo.
Su llegada a Viedma, en 1976, fue sin pensar que sería su nuevo hogar. Antes de quedarse definitivamente en esta ciudad viajó con su música a cuestas por varios lugares del país como Neuquén, la Pampa, Buenos Aires y tantos lugares más en donde conoció a diferentes personas, obviamente relacionadas con su arte como Gasparín, Adolfo Verón, Beto Orlando y Los Cuatro Soles, y Los 5 Designios del Folklore.


De vez en cuando se puede escuchar un tango o una milonga en las paredes del Centro Cultural. Por las mañanas Pichuquito se acomoda en una silla en el anfiteatro y pinta con su bandoneón las butacas vacías, con esa soledad que lo caracteriza y con esa música que lo ilumina.
En algunos bares de la ciudad se asoma para acompañar la melancolía de algún café con su amado instrumento. Una vez me dijeron: "Para Pichuco, esta ciudad es como un gran hotel", significando su presencia por los diferentes lugares de Viedma. Todos le abren sus puertas, muchas veces sin ningún tipo de conversación, entonces Pichuco se sienta y empieza a sonar el bandoneón.


Ese bandoneón gastado por los años y por las caminatas, pero siempre con un sonido específico e inigualable; con su dueño tan especial, quizás surgido de un cuento y marcado con algunas arrugas que definen todos esos años vividos, esos años bohemios en compañía de la soledad y la música.

miércoles, 2 de abril de 2008

“No hay alumnos, no hay profesores, solo investigadores” Por Yanina Miranda



En esta sociedad, donde la educación es escasa y por determinados intereses conviene que así lo sea y donde las inquietudes de los niños y jóvenes son reemplazados por silencios, existen personas que no sólo piensan en ellas mismas.
Rafael Condó esta guardado en la memoria de amigos, familiares, conocidos y niños que ahora son adultos, con un legado de ejemplo, un afán por enseñar, mostrar y responder inquietudes.
Quizás escribir sobre alguien de esta manera podría parecer exagerado o irreal, ¿pero esta demás recordar en estas pocas líneas a esta persona que construyo un espacio para que los chicos aprendan, compartan y a la vez se diviertan, con el único interés de hacerlos pensar?
Nacido en Italia, vino a la Argentina en el año 1958 como filósofo y con una orientación científica. Pero antes de llegar a Viedma estudió en Buenos Aires para Ingeniero Agrónomo donde debió rendir equivalencias, ya que el programa de estudio que hay en Italia es diferente al de este país.
El periodista Galo Martinez, intimo amigo de Rafael, lo retrató de la siguiente manera: “El era muy amable, con un humor muy particular, muy Rafael. Era muy profundo en sus convicciones".
Como periodista, una serie de diversas experiencias se desenlazaron al buscar la historia de Rafael Condó, pero hay una en particular que me llamó la atención, y es por la que empecé a recorrer la vida de este señor, pasando por amigos y familiares, interviniendo en sus recuerdos para construir parte de la historia de este personaje.
Hace unos 10 años unos chicos que se juntaban en la costanera, chicos entre 13 y 15 años, tuvieron la experiencia de conocerlo, de una manera muy particular.
“Estábamos en la costanera y aparece un señor paseando a sus dos perros y nos queda mirando, se acerca y nos empieza a hablar”. Uno de los chicos que ahora ya tiene unos 25 años recordó para Huilliches aquel primer momento en donde conoció a Rafael Condó. Ellos siempre se juntaban en la costanera despues del colegio, como a las dos de la tarde hasta la noche. “Me acuerdo que una vez nos pregunto por qué comprábamos cerveza si con $1,50(que era lo que valía en ese momento) podríamos fabricar un barril con 20 litros. El tenia esas cosas”. Luego de charlas y algunos otros comentarios, él les empezó a dar, a estos chicos, algún que otro juego de ingenio. Les decía la consigna y luego se iba. A la vuelta de su paseo, preguntaba si lo habían resuelto y si así era, les daba otro juego para pensar.
El aparecía muy seguido por la costanera y los encuentros con este grupito eran frecuentes. Un día los invitó a su casa, había unos 7 u 8 chicos. Los invito para ver la luna por el telescopio que se encuentra hasta el día de hoy, en el patio de su casa: “Entramos a la casa y era alucinante, tenía dos pianos porque la esposa tocaba el piano, tenía una computadora viejísima (Según el hijo fue una de las primeras computadoras al llegar a Viedma) y un telescopio enorme en el cual pudimos ver la luna”.
Estos recuerdos se entremezclan con los de su íntimo amigo: “Conozco un poco la historia de esos chicos en la costanera -comentó Galo Martinez- Nos encontrábamos seguido caminando y en una de esas me contó que se había hecho amigo de un grupo de pibes” y agrega que Rafael le decía: “No te imaginas lo que estoy aprendiendo con estos chicos, lo que ellos sienten, lo que necesitan, y aunque yo sea viejo ellos me escuchan; Galo, he aprendido mucho”.
Una persona muy inteligente, nutrida de muchos conocimientos, en donde mezclaba la filosofía con otras ciencias. Buscaba en los niños algo que muchos todavía no pueden lograr, es decir entenderlos. Quedaron muchas experiencias fuera de este texto, pero con tan sólo algunas de ellas se puede construir una pequeña parte de Rafael, y aunque por pequeña que sea, se pueden visualizar grandes logros, grandes sentimientos que todavía quedan, y algún que otro juego de ingenio sin resolver. Y entonces vuelvo a preguntar: ¿Esta demás recordar?

Aprender jugando


En 1986 fundo el club de ciencia “Chicos de Viedma” que funcionaba en su casa, en un taller que se encuentra en el patio.
Antes de crear el club, el taller funcionaba para la familia. Sergio Condó, uno de los tres hijos de Rafael, explicó: “En el 86 surgió el proyecto de hacerlo, empezaron a venir unos chicos y les empezábamos a mostrar y explicar, surgió la inquietud y mi papá tenía el tiempo y las ganas y entonces armó todo para arrancar con el club de ciencia”.
Sergio comentó que el objetivo de este proyecto era despertar la curiosidad, hacer pensar a los chicos y mostrarles que con pocos materiales se pueden hacer diversas cosas. “Mi viejo quería mostrarles que había otro mundo, más cosas por hacer”. El eslogan del club era “No hay alumnos ni profesores, solo investigadores”, mostrándoles a los integrantes del taller que no existían diferencias; era trabajar y aprender bajo una igualdad.
Hicieron una exposición en el Centro Cultural de Viedma, pero también convocaban a la gente cuando ocurría por ejemplo algún eclipse, para mostrarles y explicarles lo que estaba ocurriendo. Esto es algo que el hijo lo sigue llevando a cabo. Lleva el telescopio a la costanera o la fiesta del 7 de marzo para mostrarle a la gente, en su mayoría niños, lo fascinante de la astronomía.
El taller de ciencias duro hasta el año 88, pero igualmente siguieron yendo chicos, de las escuelas, barrios, o quizás el los llevo. Con respecto a esto Sergio comentó: “Se podría volver a armar el club de ciencia, es algo muy lindo; pero estaría bueno que alguna autoridad se preocupe, porque faltan fondos para realizar esto”. Y añadió: “Mi padre, como le gustaba, se mataba para conseguir los materiales, sacrificaba otras cosas para hacer esto”.
El taller se dividía en dos grupo, uno iba los viernes y otro los sábados, duraba dos horas y en ese tiempo lo que el quería lograr era que los chicos se interesen por preguntar y por supuesto, que aprendan jugando.